Apego, conexión y soledad: lo que la ciencia sabe sobre las relaciones humanas
Las personas estamos hechas para la conexión. Desde el primer minuto, los bebés buscan las caras de los humanos y las prefieren antes que cualquier otro estímulo. Nacemos con un equipamiento neurobiológico, con un repertorio conductual preparado para apegarse al primer adulto que esté disponible, con el fin de satisfacer las necesidades físicas y de protección y seguridad.
El médico inglés John Bowlby fue quien descubrió que existe un sistema que llamó apego, diseñado con el fin de obtener la seguridad que necesitamos de las figuras que nos cuidan. Hasta mediados de los cincuenta se consideraba que los bebés se apegaban secundariamente a las madres a través de la alimentación o la satisfacción de la pulsión oral (placer experimentado con la succión). Bowlby descubrió que el apego era un sistema tan o más importante que la alimentación o la sexualidad: ante situaciones de miedo o de separación de los adultos cuidadores, se activaban conductas de búsqueda de proximidad para obtener de estos calma y seguridad.
El apego es también ese lazo afectivo, duradero en el tiempo, que establecemos con personas especiales. En los primeros años de vida, la persona más significativa suele ser la madre; junto con unos pocos cuidadores más en los que el niño confíe.
Recientemente, en el siglo XXI, otro autor, Schore, llevó la teoría del apego del siglo XX al siglo XXI. Además de obtener calma y consuelo de las figuras adultas cercanas, los bebés necesitan, desde los primeros meses, conectar con estas con el fin de lograr la regulación emocional: experiencias interactivas de excitación, juego, risa y disfrute cuando el bebé lo necesita (activa el sistema nervioso simpático) y relax, mecimiento y palabras suaves cuando necesita disminuir los niveles de activación (activa el sistema nervioso parasimpático).
Un equilibrio entre ambas es lo que mantiene el sistema nervioso regulado y sano, fortaleciendo la actividad del nervio vago ventral. Por lo tanto, el rol de los padres, madres o cuidadores es ser capaces de leer adecuadamente las necesidades del bebé y mantenerlo en niveles óptimos de activación. El sistema nervioso se desarrolla de manera equilibrada e integral gracias a estas experiencias tempranas de conexión segura, que lo modulan y regulan. El papel de los adultos en la vida de los niños es mucho más relevante de lo que se creía —y aún se cree—.
Toda esta experiencia relacional crea, además, unos primeros modelos mentales, como una primera diapositiva, sobre qué se puede esperar de los demás y del mundo externo. Los cerebros del bebé y del cuidador se interconectan como un wifi emocional, y el aprendizaje de la regulación se logra interactivamente. Estas primeras lecciones emocionales no se recuerdan porque suceden en un periodo de la vida en que aún no se ha desarrollado la memoria explícita ni el lenguaje; pero se graban en la memoria emocional, en el lado derecho del cerebro, que es el predominante durante los tres primeros años de vida.
Toda la danza emocional de conexión face-to-face entre bebé y cuidador, dentro de unos márgenes óptimos de activación y en un clima de disfrute y juego, favorece la segregación de hormonas placenteras. Esta relación interpersonal impulsa el crecimiento del cerebro, porque las neuronas fortalecen sus conexiones y los recuerdos implícitos de estas experiencias (como una música) hacen más eficientes dichas conexiones neuronales. Además, imprimen la representación mental temprana de que conectar con los demás es algo satisfactorio.
Por otro lado, el logro de la competencia socioemocional futura hunde sus bases en estas vivencias tempranas entre el bebé y la madre, porque mediante la comunicación se aprende también sobre la propia mente y sobre la mente de los demás, y se empieza a diferenciar progresivamente ambas.
Por lo tanto, una pregunta a plantearse sería si es posible que el extendido fenómeno social de la soledad no deseada (hasta una de cada cinco personas refiere sufrirla) pueda tener en parte su origen en unas experiencias tempranas subóptimas a nivel de apego y conexión. En la infancia, si los adultos están demasiado preocupados por sus problemas y se olvidan de las necesidades de vínculo y afectivas de los hijos -especialmente si estos tienen dificultades, se sienten solos para pedir ayuda y no tienen la expectativa de que los padres o cuidadores estén disponibles-, se puede estar gestando la semilla del sentimiento de soledad no deseada. Este proceso sigue en la adolescencia, etapa crítica en la que el cerebro vuelve a experimentar una reorganización importante y precisa para su integración de los vínculos con adultos seguros, que les guíen y orienten ante la vida y sus desafíos.
Este es el punto de partida del libro Apego y conexión. Soledad no deseada en la infancia y adolescencia, en el que se explican con detalle los paradigmas del apego y del desarrollo como hipótesis plausibles sobre el origen de los problemas de soledad no deseada. La ruptura permanente de la conexión emocional durante la infancia puede estar en la base de los futuros problemas de soledad no deseada. Esta no es una experiencia de recogimiento, descanso o necesidad de estar con uno mismo, sino una vivencia de sentirse aislado, apartado y con el angustiante sentimiento de soledad y vacío que produce la pérdida de la conexión social y la imposibilidad de recuperarla.
El «sistema de conexión social», también conocido como sistema parasimpático ventral, hace referencia a la red de mecanismos fisiológicos, psicológicos y sociales que nos permiten conectar con los demás y establecer relaciones. Este sistema es crucial para nuestra regulación emocional y bienestar general, y se activa cuando nos sentimos seguros y tranquilos en nuestra interacción social. Esto depende de que las experiencias infantiles de apego con los padres y otros adultos significativos hayan sido suficientemente seguras.
Este sistema de conexión se puede ver alterado y dificultar que las personas se sientan cómodas y no amenazadas en las relaciones. Para que puedan sentirse seguras, necesitan, sobre todo, la presencia de otras personas capaces de ayudarles a restaurar la confianza en el ser humano.
Nota: madre lo utilizamos como un término universal y puede designar a cualquier persona que haga esta función.
