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Las palabras que no llegan a decirse

Luis Fernando López Martínez

Hay una sensación, al cabo de los años, que regresa puntual cada vez que cierro la consulta. No es satisfacción, ni cansancio, ni la mezcla habitual de ambas. Es más bien la conciencia de que dentro de ese despacho quedaron palabras que no llegaron a decirse, y que no por ello han desaparecido.

A veces son frases enteras. A veces una sola palabra que tarda media sesión en aparecer. Y en muchas ocasiones (las más difíciles) no llegan a salir del todo, y se quedan suspendidas en algún lugar entre el cuerpo del paciente y el aire que compartimos los dos.

He pensado mucho en ese lugar. En dónde se quedan las palabras que un paciente no consigue pronunciar. Por qué duelen, exactamente, las que no se dicen. He llegado a la conclusión, provisional como todo lo que tiene que ver con esto, de que el sufrimiento humano no está hecho solo de lo que ocurrió, sino del idioma que no encontramos para nombrarlo.

Irvin Yalom escribió que en psicoterapia uno no descubre, construye. Algo parecido ocurre con el dolor. No basta con que el paciente lo tenga; necesita encontrarle una forma que pueda compartirse con otro. Y, mientras esa forma no llega, el dolor se las arregla por su cuenta. Se aloja en el cuerpo, en el insomnio, en la apatía silenciosa de alguien que mira sin mirar y que dice estar bien porque no sabe decir otra cosa.

He visto procesos enteros girar en torno a una palabra que tardó meses en aparecer. La palabra abandono. La palabra vergüenza. La palabra alivio cuando un paciente descubre que esa es, en realidad, la emoción que sintió tras una muerte que se suponía debía solo doler. Cuando esas palabras llegan, no resuelven nada. Pero algo se ordena. El sufrimiento deja de ser intemperie y empieza a ser un territorio con bordes, con la posibilidad de ser habitado.

Por eso me preocupa la prisa con la que hoy se ofrecen respuestas emocionales. Vivimos en un tiempo de palabras rápidas (eslóganes terapéuticos, etiquetas de manual, frases hechas que circulan por las redes como amuletos) y de máquinas que simulan escucha. Son útiles para muchas cosas, pero hay un tipo de conversación que no admite atajos. La que ocurre cuando alguien busca, frente a otra persona, el nombre exacto de lo que le pasa. Esa búsqueda necesita tiempo, presencia, silencio sostenido. Necesita que alguien permanezca al lado sin querer ahorrarle al otro el trabajo de encontrar su propia voz.

Eso es, para mí, lo más íntimo del oficio. Acompañar mientras el otro encuentra cómo decir lo que aún no sabe que sabe. No traducirle, no apresurarle, no rellenar sus pausas. Permanecer.

Hace ya un tiempo empecé a anotar lo que esos silencios me iban enseñando. Al principio, en cuadernos para mí. Después, casi sin querer, en versos. Acababa el día y necesitaba devolver a las palabras lo que las palabras me habían dado durante la jornada. La poesía fue, y sigue siendo, un modo de no dejar caer al suelo lo que en consulta había quedado tan vivo.

De ese recorrido nace Donde habitan las palabras (Editorial Sentir, 2026). Son quince poemas acompañados de quince reflexiones, escritos a dos voces, la del poeta y la del terapeuta. Cada poema se completa con una historia clínica anonimizada, no como ilustración, sino como homenaje a quienes me enseñaron lo que ahí se cuenta. El silencio que abraza, los límites de la piel, los duelos sin nombre, las puertas que nunca se cerraron, las cunas hechas de viento. Territorios donde las palabras se quedan a vivir cuando todavía no pueden decirse.

No es un manual. No pretende serlo. Es, más bien, una invitación a recorrer en voz baja esos espacios donde el lenguaje deja de ser herramienta y se vuelve refugio. Una manera de recordarnos que, mientras alguien siga dispuesto a escuchar, ninguna palabra (ni siquiera la más difícil) está condenada a permanecer sola.

Porque las palabras, cuando encuentran lugar, también nos sostienen.

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