Luciano Luterau y Trinidad Avaria
Hay una verdad incómoda que los padres solemos evitar mirar de frente: criar cansa. Cansa el cuerpo, cansa la mente, cansa incluso el deseo. Vivimos bajo la ilusión moderna de que la crianza es un proyecto que podemos planificar —como si los niños fueran metas, logros, ítems a completar en una lista infinita— y, sin embargo, basta un pequeño gesto de ellos para derribar cualquier certeza. Esa vulnerabilidad, tan incómoda como reveladora, es el núcleo donde nace la verdadera experiencia de ser madres y padres.
A veces creemos que el cansancio es señal de falla, cuando en realidad es el síntoma más humano de la entrega. Lo que nos agota no son los hijos, sino la exigencia implícita de hacerlo todo perfecto: la lactancia ideal, la forma correcta de poner límites, la escuela exacta, la emoción adecuada frente a cada logro o frustración. Hemos convertido la crianza en un mandato de performance. Y, como toda exigencia sin fin, nos deja exhaustos antes incluso de empezar.
Sin embargo, hay un giro posible. El cansancio no es enemigo: puede ser una brújula. Cuando dejamos de pelear contra él y lo observamos, descubrimos preguntas esenciales: ¿qué historia les contamos a nuestros hijos?, ¿qué lugar tienen nuestras palabras en su mundo?, ¿qué deseamos realmente para ellos? Desde esa perspectiva, el cansancio deja de ser un obstáculo y se convierte en algo más valioso: un límite que selecciona qué importa y qué no. Un padre cansado ya no puede sostener todo; solo aquello que tiene sentido. Ahí nace el criterio.
Paul Auster decía que los padres deberíamos hablar antes de que sea demasiado tarde, porque un día dejaremos de tomar a nuestros hijos en brazos sin darnos cuenta de que ha sido la última vez. Y, sin embargo, ¿cuántas noches pasamos revisando mochilas, tareas, meriendas, pantallas y obligaciones, sin detenernos a narrarles quiénes somos? Esa omisión tiene consecuencias silenciosas: un niño sin relato no hereda un mundo, hereda apenas funciones.
La crianza se sostiene sobre algo tan simple y tan difícil como esto: un niño se convierte en hijo cuando escucha que existía un mundo antes de él, y que ahora le pertenece transformarlo. Educar es ofrecerle palabras que lo sitúen entre un pasado que lo precede y un futuro que puede inventar. No se trata de multiplicar actividades, sino de entregar un deseo. Un hijo no necesita padres incansables, necesita padres que sepan por qué están ahí.
En este contexto contemporáneo —fragmentado, veloz, hiperconectado— nos falta tiempo para hacer lo más esencial: hablar. No para dar instrucciones, no para controlar, sino para transmitir algo que nadie más puede darles. El mercado ofrece soluciones, tutoriales y recetas; pero un hijo no crece con técnicas, crece con historias. Lo que recordará no será cómo se llamaba su primer parque temático, sino quién estaba a su lado cuando tuvo miedo, quién lo escuchó cuando se animó a nombrar un deseo, quién fue capaz de ser adulto sin pedirle permiso.
Estas reflexiones son apenas la superficie de un trabajo más amplio que me llevó años de escucha clínica, investigación y diálogo con madres, padres y cuidadores. Lo que descubrí en ese proceso es contundente: ninguna generación ha estado tan informada sobre crianza como la nuestra y, sin embargo, pocas se han sentido tan perdidas. Nos sobran datos, pero nos falta lenguaje. Nos faltan palabras que sostengan, no normas que prescriban.
Tal vez la pregunta que deberíamos hacernos no sea cómo criar mejor, sino desde dónde estamos criando: desde la culpa, desde el miedo, desde la competencia… o desde un deseo singular que nuestros hijos puedan hacer propio.
Si este tipo de preguntas te interpelan, si alguna vez te descubriste exhausto preguntándote si estás haciendo las cosas bien, quizá estés más cerca de una respuesta de lo que crees. La crianza no es un manual: es una conversación que todavía podemos aprender a tener.
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