Una reflexión de José González Fernández, autor de El duelo infantil: lo que nadie nos enseñó, publicado por Editorial Sentir.
«Ya tendrás otro».
Laura y Marcos acaban de contar que su bebé ha muerto durante la gestación. Habían elegido un nombre. Su hija preguntaba cuánto faltaba para conocer a su hermano. En la nevera seguía anotada la fecha de la próxima ecografía.
Una persona cercana intenta consolarlos:
—Sois jóvenes. Ya tendréis otro.
Laura baja la mirada. Marcos cambia de conversación. Quien quería ayudar cree que les ha ofrecido esperanza. Ellos sienten que el bebé que han perdido acaba de quedarse sin lugar en la conversación.
La escena es ficticia, pero sus palabras resultan conocidas. A veces, cuando alguien comparte una pérdida, respondemos hablando de lo que todavía podría llegar. Buscamos una salida porque nos cuesta permanecer junto a un dolor que no podemos resolver.
Sin embargo, Laura y Marcos necesitan poder hablar de este bebé. De lo ocurrido. De lo que esperaban. Quizá necesitan silencio o ayuda para contarle a su hija por qué su hermano no volverá a casa.
Otro embarazo no sustituye a ese bebé. Tampoco devuelve el futuro que habían imaginado con él.
Lo que nadie nos enseñó sobre estas pérdidas
Cuando escribí El duelo infantil: lo que nadie nos enseñó, publicado por Editorial Sentir, quise abrir una conversación sobre la infancia, la muerte y nuestra manera de acompañar.
Hablar de duelo infantil también implica mirar lo que sucede cuando quien muere es un bebé y toda una familia necesita encontrar cómo vivir con su ausencia. Por eso dedicamos un capítulo al duelo perinatal.
En estas pérdidas se cruzan muchas historias: la de quien ha gestado, la de su pareja, la de los hermanos que esperaban una llegada, la de los abuelos y otras personas cercanas. Cada una puede necesitar palabras y apoyos diferentes.
Nos enseñaron a celebrar un embarazo. A preguntar por el nombre, por la fecha del parto o por los preparativos. Apenas nos enseñaron qué decir cuando ese bebé muere.
Y ese vacío suele llenarse con frases que intentan animar:
«Mejor ahora que más adelante».
«Al menos no llegaste a conocerlo».
«Tienes que ser fuerte por tu otro hijo».
«No pienses más en ello».
Podemos pronunciarlas con cariño y causar dolor. La buena intención necesita ir acompañada de escucha.
El vínculo también se construye antes del nacimiento
Para muchas familias, la relación con el bebé empieza mucho antes de poder sostenerlo en brazos.
Se construye al mirar una ecografía, hablarle, escuchar su latido o imaginar cómo será tenerlo en casa. A veces comienza durante años de búsqueda y tratamientos. Otras veces, en medio de un embarazo inesperado, con ilusión, miedo y sentimientos contradictorios.
No todas las personas viven ese vínculo del mismo modo. Tampoco necesitan nombrar su pérdida de la misma manera. Acompañar supone preguntar y respetar las palabras que cada una elija.
Pero hay algo que conviene recordar: que el entorno haya compartido pocos recuerdos con ese bebé no significa que la familia carezca de una historia con él.
Una historia puede estar hecha de conversaciones, expectativas y pequeños gestos cotidianos. De una mano sobre el vientre. De un nombre pronunciado en voz baja. De un hermano que había apartado sus juguetes para compartirlos.
Cuando el bebé muere, todo eso también necesita un lugar.
También duele lo que ya no ocurrirá
En el duelo podemos echar de menos lo vivido y lo que esperábamos vivir.
El primer encuentro. Los paseos. La llegada a casa. La relación entre hermanos. Los cumpleaños que habíamos empezado a imaginar.
Por eso, preguntas como «¿pero de cuántas semanas estaba?» pueden resultar dolorosas cuando se utilizan para calcular cuánto debería afectar la pérdida.
Las circunstancias importan para comprender la experiencia. Sin embargo, las semanas de gestación, por sí solas, no explican el significado de lo ocurrido para esa persona.
Podemos acercarnos con otra pregunta:
«¿Qué lugar tenía este embarazo en vuestra vida?».
Y escuchar sin buscar una respuesta determinada.
Quizá nos hablen de un hijo muy deseado. Quizá de una oportunidad que sienten que se ha cerrado. Quizá de una mezcla de tristeza, desconcierto y alivio que les cuesta compartir por miedo a ser juzgados.
No necesitan presentar una historia perfecta para merecer cuidado.
Cuando hay un niño que también esperaba
Volvamos a la hija de Laura y Marcos.
Ha escuchado conversaciones sobre el bebé. Ha visto preparar cosas. Quizá ha contado en el colegio que iba a tener un hermano. Ahora observa que los adultos lloran y que algo ha cambiado.
Puede preguntar:
«¿Por qué ya no va a venir?».
«¿Fue porque yo dije que no quería compartir mi habitación?».
«¿Mamá también se va a morir?».
A veces intentamos proteger a los niños evitando hablar de lo sucedido. Pero el silencio puede dejarles solos con sus propias explicaciones.
Necesitan palabras claras, ajustadas a su edad y a lo que quieran saber. Una explicación posible sería:
«El bebé ha muerto. Su cuerpo dejó de funcionar y no podrá venir a casa. Estamos muy tristes porque queríamos vivir con él. Nada de lo que tú hayas pensado, dicho o hecho ha provocado su muerte».
Después podemos preguntar:
«¿Qué has entendido?».
«¿Hay algo que te preocupe?».
No hace falta contarlo todo de una vez. Podemos volver a la conversación tantas veces como lo necesiten y reconocer cuando no sabemos responder.
También conviene recordar que un niño puede preguntar por su hermano y, poco después, ponerse a jugar. Ese cambio no nos permite concluir que no le importa. Podemos dejar espacio a sus preguntas y a sus momentos de juego sin exigirle una expresión constante de tristeza.
Los adultos pueden estar tristes y seguir cuidando
Muchas madres y padres se preguntan si deberían ocultar sus lágrimas delante de sus hijos.
Podemos mostrar tristeza y explicar lo que ocurre:
«Estoy llorando porque echo de menos al bebé. Tú no has hecho nada malo. Voy a seguir cuidándote y también tengo personas que me ayudan».
Esta explicación ofrece algo valioso: el niño puede comprender la emoción del adulto sin sentirse responsable de repararla.
Conviene evitar encargarle que anime a mamá, que sea fuerte por papá o que se convierta en «el hombre de la casa». También él necesita recibir cuidado.
Cuando una familia atraviesa una pérdida, pedir apoyo puede ayudar a sostener las tareas cotidianas: recoger al niño del colegio, preparar una comida o acompañarlo al parque. Son formas concretas de estar presentes cuando apenas quedan fuerzas.
Las frases flecha y las palabras que abren espacio
Llamamos «frases flecha» a esas expresiones que pueden herir cuando pretendían consolar. Algunas minimizan; otras comparan, sustituyen o exigen una recuperación rápida.
Podemos revisar nuestro lenguaje con un ejercicio sencillo: antes de hablar, preguntarnos qué estamos dando por supuesto.
Cuando decimos «ya tendrás otro», suponemos que habrá otro embarazo, que se desea y que aliviará esta pérdida.
Cuando decimos «sé fuerte por tus hijos», podemos transmitir que expresar dolor es incompatible con cuidarlos.
Cuando decimos «mejor no hablar de ello», decidimos por la familia qué debería guardar en silencio.
Podemos probar con palabras que permitan elegir:
«Siento mucho lo que ha pasado».
«Si quieres hablar de tu bebé, me gustaría escucharte».
«No sé qué decir, pero puedo quedarme contigo».
«¿Te ayudaría que me ocupara de algo esta semana?».
Después toca escuchar. También respetar un «ahora no quiero hablar».
La frase más elaborada pierde valor si no estamos disponibles para recibir la respuesta.
Una familia, distintas maneras de vivir la pérdida
Dentro de una misma familia puede haber ritmos diferentes.
Una persona necesita hablar y otra encuentra alivio al ocuparse de tareas. Una quiere conservar objetos y otra todavía no puede mirarlos. Puede haber diferencias en la pareja, entre los hermanos o entre generaciones.
Estas diferencias no nos dicen, por sí solas, quién quería más al bebé ni quién está viviendo «mejor» el duelo.
Podemos preguntar:
«¿Qué necesitas tú estos días?».
«¿Qué te ayuda y qué te resulta difícil?».
«¿Cómo podemos cuidar nuestras necesidades cuando son distintas?».
Acompañar también implica dejar de exigir una única forma de sentir.
Dar un lugar sin imponerlo
Algunas familias desean guardar una ecografía, escribir una carta, conservar una caja de recuerdos o hacer un pequeño gesto de despedida. Otras prefieren no hacerlo, o necesitan tiempo para decidir.
Si hay hermanos, podemos ofrecerles participar de una manera sencilla y voluntaria: hacer un dibujo, elegir una flor o decir algo que les gustaría compartir.
Sin obligarlos. Sin convertir el recuerdo en una tarea. Sin hacerles responsables del bienestar de los adultos.
Podemos preguntar:
«¿Hay algo que os gustaría conservar o hacer para recordar a vuestro bebé?».
La respuesta puede ser «sí», «no» o «todavía no lo sabemos». Las tres merecen respeto.
Aprender a acompañar
El 15 de octubre, Día de Concienciación sobre la Muerte Gestacional, Perinatal y Neonatal, nos invita a hacer visibles estas pérdidas. También puede ayudarnos a revisar cómo respondemos durante el resto del año.
Cómo escuchamos a una madre que menciona a su bebé meses después.
Cómo acompañamos a un padre al que nadie pregunta.
Cómo respondemos al niño que quiere saber qué pasó con su hermano.
Cómo evitamos que una familia tenga que justificar una y otra vez por qué sigue doliendo.
En El duelo infantil: lo que nadie nos enseñó dedicamos espacio al duelo perinatal porque estas historias también forman parte de la infancia y de la vida familiar. Necesitamos aprender a hablar de ellas con claridad, sensibilidad y respeto.
Quizá podamos empezar por una conversación cotidiana.
Cuando alguien nos cuente que su bebé ha muerto, detener la frase que nos sale de forma automática. Escuchar antes de ofrecer esperanza. Preguntar antes de aconsejar.
Y permitir que ese bebé tenga el lugar que su familia quiera darle.
josegonzalez.me
IG: josegozalez_psicologo
Psicólogo y formador experto en procesos de duelo.
Autor de El duelo infantil: lo que nadie nos enseñó, de Editorial Sentir.
Si quieres seguir explorando cómo hablar de la muerte con los niños y acompañar a las familias en sus pérdidas, te invito a acercarte a El duelo infantil: lo que nadie nos enseñó. Una lectura para familias, docentes y profesionales que necesitan palabras y recursos para acompañar.
